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Edgar


A veces, la Sangre fluía al contrario de las Agujas de su Reloj Interno. Era entonces, cuando se percataba de que no era lo suficientemente malvado, como para pertenecer a la Sociedad Secretas de Guadañas. En esas ocasiones, Edgar solía escribir extraños símbolos en su muslo izquierdo, utilizando Rotuladores de Colores. Y, en esos distintos entonces, se percataba de que tampoco era lo suficientemente bueno, como para no pertenecer a la Sociedad Secreta de Guadañas. Perdido en la Infinidad de sus propios Pensamientos, el Joven Aprendiz de Muerte no estaba muy convencido de si debía finalizar sus días como Huesuda. Y dudaba si pedir un traslado a la Universidad del Limbo Verde, donde los estudiantes se preparaban para ser Buscadores de Almas, de aquellas que se perdían antes de llegar al Cielo o al Infierno.  

“Por favor, a pesar de las amenazas anteriores, conserva la calma. Sólo soy una fanfarrona. No soy violenta. No soy perversa. Soy lo que tiene que ser.”

Y, en aquel Martes Trece, en una de esas veces en las que su Sangre corría del revés, Edgar releyó  “La Ladrona De Libros”. Y, de todos sus entonces, fue aquel, patrocinado por las Palabras de un Miembro de “La Guadaña”, el que le dio Respuestas a Todos sus Interrogantes, comprendiendo que su Sino era ser Muerte. 

Ser la Muerte que tenía que ser: Muerte despojada de Miedos y Desesperación. Muerte Tranquila y Dulce.




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